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The Boys: Convertir lo absurdo en norma es un absurdo.

Hay una escena en la primera temporada en que Homelander deja caer un avión. Podría salvar a todos a bordo. No los salva, porque no sabe cargar el avión solo y no puede admitirlo. Se queda suspendido en el cielo, mirando morir a las personas, y se va. Es una de las escenas más perturbadoras de la serie. No por la sangre. Por la cobardía. No hay gore. Hay un hombre poderoso que elige la imagen antes que las personas, y el espectador entiende todo sobre él en treinta segundos. La escena funciona porque es contenida. Porque confía en el espectador. Porque el horror está en el subtexto, no en la pantalla. La serie que produjo aquella escena y la serie que existe hoy comparten el mismo nombre. No comparten mucho más.

The Boys siempre fue excesiva. Eso no es el problema. El problema es que el exceso era, al principio, un lenguaje. Después se convirtió en el argumento. En la primera y segunda temporadas, la violencia y lo absurdo tenían función. Un ejemplo: Robin (¿la recuerdan?) muere en los primeros minutos de forma completamente banal, atropellada sin ceremonia, y la serie está diciendo algo directo: en este mundo, no importas. Cada momento extremo apuntaba hacia afuera de sí mismo. A partir de la tercera temporada, los momentos extremos empezaron a apuntar hacia adentro. La pregunta dejó de ser “¿qué significa esto?” y se convirtió en “¿hasta dónde podemos llegar?”. Son preguntas distintas. La segunda no tiene respuesta satisfactoria, porque el límite siempre puede empujarse un centímetro más. Y se empujó.

La serie construyó una identidad cultural muy específica. La que hace lo que Marvel no tiene el valor de hacer. La serie sin censura. La serie adulta. Esa identidad se convirtió en una prisión. Cuando te vuelves famoso por romper límites, el límite pasa a ser el producto. No puedes tener un episodio tranquilo. No puedes resolver un personaje sin que parezca debilidad. No puedes confiar en la emoción sin cubrirla con humor negro de inmediato, porque la emoción directa parece demasiado ingenua para una serie que se enorgullece de ser cínica. El resultado es una serie que aprendió a imitarse a sí misma.

La tercera temporada todavía funciona. No por lo que muestra, sino porque tiene un centro emocional real. Aquella escena en que Homelander hace saltar a una adolescente desde un edificio porque acaba de enterarse de la muerte de Stormfront y, en un arrebato de puro egoísmo, decide que si él sufre, nadie más merece ser salvado, todavía rescata a la serie por su imprevisibilidad. En la cuarta temporada, escenas igual o más extremas ocurren y simplemente… terminan. Sin eco. Sin peso. La cámara sigue adelante como si nada hubiera pasado, porque nada pasó, dramáticamente hablando. Asustar es fácil. Hacer que el susto signifique algo es el trabajo difícil. La serie tercerizó ese trabajo al espectador.

Antes de todo quiero dejar algo claro. Antony Starr es un actor extraordinario. Eso hay que decirlo, porque lo que sigue no va sobre él.

Homelander funcionaba como personaje porque es imprevisible. Su terror viene de no saber qué va a desencadenar una reacción, de percibir que debajo de la actuación hay un vacío inestable. Eso funciona cuando hay contraste. Cuando hay momentos en que él contiene el impulso, en que la máscara aguanta, en que el peligro permanece latente. La serie, a lo largo de las temporadas, fue eliminando el contraste. Cada aparición de Homelander tiene que ser más perturbadora que la anterior. Cada temporada tiene que tener el momento en que cruza una línea que la temporada pasada no cruzó.

El horror verdadero no escala linealmente. Depende del ritmo, del silencio, de la expectativa. Cuando todo es extremo, lo extremo se vuelve la norma. Y entonces el personaje más aterrador de la televisión empieza a parecer predecible, porque sabes que va a hacer algo horrible, la única variable es cuál. La serie convirtió a su mejor personaje en un espectáculo. Y los espectáculos cansan.

The Boys critica el espectáculo siendo espectáculo. Critica la cultura del entretenimiento adictivo produciendo entretenimiento adictivo. Critica a héroes que performan virtud mientras ella misma performa cinismo. En las primeras temporadas, esa tensión era productiva. La serie vivía dentro de la contradicción que analizaba, y eso generaba algo honesto. Vought vendía imágenes fabricadas mientras la serie mostraba lo que había debajo. Había una brecha entre lo que el mundo de la serie creía y lo que el espectador veía. Esa brecha era el argumento.

La quinta temporada para mí sigue siendo tan mala como la cuarta. Parece que no pueden pasar más de 5 minutos sin mostrar algo absurdo o grotesco. Kiriko tiene que decir que le encantaría chuparse un coño de forma aleatoria, el director de teatro tiene que soltar alguna frase graciosa después de que un pez le entra por el culo y lo mata, hay que mostrar al perro de Butcher con un fetiche sexual por Homelander. ¿Para qué? Que conste que estoy escribiendo esto cuando solo falta un episodio para cerrar la serie, y dudo que ese episodio salve este desastre.

Pero no todo es malo. Sin dar mayores spoilers, hay un episodio centrado en Firecracker. Bueno, solo el primer tercio, pero hay tensión, guion, diálogo… y el segundo tercio fue lo que comenté antes, el perro follándose un peluche de Homelander porque sí. La duración de las dos partes fue exactamente la misma. Lo absurdo es la norma, y el momento de drama la excepción.

Pero en fin. Nadie me saca de la cabeza que esta apuesta por lo absurdo es una decisión top-down de Amazon, que una vez más tira a la basura cualquier producción audiovisual que realiza. Felicitaciones a los involucrados.

Homelander