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La Agonía de Lograrlo: El Lado Oscuro del Fútbol Profesional

Children

En la mayoría de los casos (excluyendo países como China, India y, por supuesto, los Estados Unidos), el fútbol es el rey de los deportes, el más popular, el más visto y, con diferencia, el más rentable de todos. Esta popularidad provoca que, para muchos niños, el fútbol sea la principal opción para jugar con sus compañeros y amigos y la elección perfecta cuando los padres quieren pagar por una estructura más “profesional” para el desarrollo de las habilidades de sus hijos.

El dinero que se mueve dentro del fútbol es enorme y, sin duda, crece rápido. La capilaridad de este deporte en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos, con campos y clases para todas las edades y precios, asegura una vasta oferta que facilita la práctica y el crecimiento en el mundo del fútbol a lo largo de los años. Para muchas familias, especialmente en los países pobres, la posibilidad de una carrera exitosa en el fútbol funciona como un poderoso incentivo para alentar y apoyar la dedicación del niño al deporte, a menudo por encima de sus tareas escolares.

El número de niños y adolescentes oficialmente federados demuestra la suprema popularidad de este deporte en algunos países. En España hay más de un millón de menores registrados, en el Reino Unido hay más de 1,5 millones, 900.000 niños en Italia y 550.000 en Brasil (con muchos más en academias juveniles no oficiales). Se trata de cifras gigantescas y, obviamente, solo una proporción minúscula alcanza algún tipo de éxito en este ámbito. Estos niños y sus familias pasan años de esfuerzo, tiempo y dinero persiguiendo un sueño de gloria y riqueza que, en la mayoría de los casos, se convierte en cenizas. Por ejemplo, un estudio realizado en España demuestra que solo el 0,15%, o 1.500 de todos los futbolistas registrados, corresponden a las dos categorías principales. En Inglaterra, el periodista Michael Calvin descubrió que solo el 0,012% de 1,5 millones de niños jugarán en la Premier League en el futuro. Lamentablemente, se encuentra una proporción de éxito similar en Italia, Brasil y muchos otros países.

La ilusión de mejorar la vida es real, con un marketing agresivo detrás, pero la realidad es mucho menos brillante. Las grandes cifras en la élite del fútbol actual, con compras de decenas de millones de euros y salarios semanales de seis cifras, dan una idea errónea del estándar real. En Brasil, por ejemplo, las estadísticas oficiales han revelado que alrededor del 80% de los jugadores profesionales ganan menos de dos salarios mínimos (aprox. 550 euros al mes). Ese es el “premio” final después de haber abandonado sus estudios en la adolescencia y con nula preparación para el mercado laboral en el futuro.

Porque sí, a diferencia de otros deportes, como en la NBA, donde es obligatorio haber terminado al menos la escuela secundaria para ingresar, en el mundo del fútbol es normal empezar a jugar en el primer equipo cuando aún eres un adolescente, y los estudios quedan en segundo lugar. Y si no haber estudiado los años suficientes cuando llegas a la élite es un problema, es mucho peor cuando no lo logras. La narrativa típica de una carrera futbolística no habla de los que no lo lograron, que han pasado 10-15 años dedicados plenamente a su “carrera” y entran en la vida adulta descubriendo que ningún gran club los quiere, a veces por falta de calidad, a veces por una lesión.

Esto puede ser mental y económicamente devastador para un joven. Un caso trágico y emblemático ocurrió hace unos años en Inglaterra. Jeremy Wisten era una promesa brillante que jugaba en el Manchester City desde los 13 años, pero desafortunadamente tuvo una lesión grave a los 18 años y, como no logró recuperar totalmente su calidad como jugador, el equipo decidió rescindir el contrato. Tras meses intentando encontrar otro club sin éxito, Jeremy decidió suicidarse. Casos tan tristes como este demuestran que, en el fútbol, no solo importa la parte financiera, sino también la salud mental. La identidad de la persona está ligada a su papel de futbolista y, cuando eso falla, el joven ya no sabe quién es. La depresión y la ansiedad son mucho más comunes en este campo que en la población general, y dramáticamente altas tras ser despedido por un club, y en muchos casos nadie habla de ello, nadie le ayuda.

Porque la presión por triunfar en el fútbol empieza muy pronto, normalmente dentro de su propia familia. Algo que empieza como un juego, pronto puede convertirse en la principal fuente de dinero para una familia pobre, con el joven incapaz de abandonar, aunque no encuentre placer jugando. Hay padres que se endeudan, venden propiedades o piden dinero prestado a familiares por la promesa de una carrera, como en casos conocidos de familias africanas. La línea entre el agente y el estafador es delgada.

Recientemente, la FIFA ha implementado una norma para evitar la compra de niños de los países más pobres hacia países europeos. En teoría, está prohibido firmar un contrato antes de los 18 años, pero en muchos casos, como Vinicius Junior o Endrick recientemente, es posible comprar sus “futuros derechos económicos” cuando el niño es menor de edad, sigue jugando en el mismo equipo durante uno o dos años y, al cumplir los dieciocho, viaja a Europa. La presión sobre estos jugadores es enorme, con periodistas internacionales y las redes sociales siguiendo cada paso, donde cualquier error o lesión está prohibido.

Otra estrategia polémica utilizada por los clubes es “contratar” a uno de los padres en el club o en una empresa amiga con un salario elevado y, de esta forma, el adolescente puede viajar al país muchos años antes.

En resumen, a pesar de los intentos de regularlo, el fútbol hoy en día puede ser una industria despiadada que permite que unos pocos privilegiados se conviertan en millonarios a costa de dejar a otros en la estacada, sin dinero, preparación, futuro ni salud mental, una auténtica fábrica moderna de sueños rotos.